Glamaris Valentín Cameron migentegrande.com

Ahora entiendo lo que sucede en las salas de espera de los médicos. Los adultos mayores comparten sus mayores secretos y se convierten en familia. El pasado lunes cuatro desconocidos conectamos profundamente camino al Sur para conocer las necesidades de cuidadores de adultos mayores víctimas de los terremotos.

Nuestro viaje comenzó bajo una intensa lluvia en horas de la madrugada desde Bayamón, Trujillo Alto, Naguabo y Caguas. Al acercarnos al  Sur el cielo se despejó y el sol nos acompañó por largas horas. Conocí a Yachira Suárez y Vangelo Figueroa enfermeros graduados destacados en una  sala de intensivo hospitalaria. Vangelo organizó el recogido de suministros y  la visita con su compañera enfermera que ya había visitado la zona en calidad de voluntaria. Además,  invitó a mi compañera comunicadora Krystal Vélez que activó a Mi Gente Grande en cuanto supo que era una visita para ayudar a adultos mayores. Krystal se convirtió en un GPS perfecto que permitió maximizar nuestro tiempo y visitar la zona Sur sin perdernos. Pero fue el trabajo de los enfermeros, rápido, certero y coordinado (casi como una coreografía), el elemento que llevó paz y seguridad a los cuidadores. Lo sé porque yo soy cuidadora.

 Iniciamos la labor en Guánica y nos dirigimos a la siempre bulliciosa Playa Santa, ahora en silencio. Entre una docena de casetas de campaña, un par de andadores y una silla de ruedas eran testigos de los terremotos. Preguntamos por los encamados y había dos. Los enfermeros Yachira y Vangelo entraron a la caseta y conversaron con la pareja de ancianos, en minutos ya estaban curando la primera herida del día. Desde fuera se escuchaba al paciente compartiendo chistes y a la hija explicando cada detalle. Fue el primer rostro de cuidador que vería ese día. Una joven mujer en sus treinta años, madre de un niño autista de seis y única cuidadora de sus padres, pacientes de reemplazo de cadera y enfermedad hepática respectivamente. La muchacha tiene una hermana que vive fuera de Puerto Rico. “Ella nos manda dinero y nos llama todos los días. Yo me paso enviándole videos de ellos” nos dice Winelie. Dentro de la caseta los enfermeros terminaban la labor y los pacientes comenzaban a compartir las anécdotas de una larga vida compartida. Entonces puede hablar un poco de cuidadora a cuidadora con Wilnelie. Me contó que su casa no se afectó y que se mantuvo allí, sola con sus viejos, durante cuatro días. La ayuda nunca llegó y lo que aumentó fue el miedo a que otro terremoto le hiciera imposible sacar a sus padres de la casa. “Decidí acampar en el parque porque aquí no estamos solos, si tiembla los muevo fácilmente de la caseta, los demás me ayudan. Hasta un helicóptero puede aterrizar aquí”. Winelie se sentía dolida y frustrada por las críticas que cuestionan a las personas que prefieren dormir bajo las estrellas en lugar de moverse a un municipio seguro “ellos no saben, yo sola no puedo, es muy peligroso para ellos”. Dentro de la caseta sus padres reían y compartían con los enfermeros los síntomas de sus condiciones agarraditos de la mano. Nos tomamos una foto simplemente para celebrar la vida y los nuevos amigos. 

Yachira Suárez y Vangelo Figueroa enfermeros graduados destacados en una  sala de intensivo hospitalaria atendieron a un adulto mayor en el Barrio Luna.

La paciente

Saliendo del campamento una mujer en silla de ruedas le daba instrucciones a su hijo para que buscara agua para los encuestadores de ASSMCA. ¿Usted está solita, quién la cuida? Le pregunté. Maribel Hernandez  me explicó que su esposo era su cuidador y que había salido a buscar los ingredientes para cocinar el almuerzo. La anciana me compartió su mayor preocupación sobre su esposo y cuidador  “Él tiene la pierna lastimada, anda por ahí cojeando. Se cayó durante el terremoto agarrándome a mí. Me preocupa porque si él no se cuida no nos puede cuidar a nosotros… porque mi hijo es incapacitado”. El equipo de enfermeros le verificó una herida en la cabeza que ocultaba con un hermoso turbante rojo. Estaba en perfecto estado, gracias a su esposo que la cura con “agua oxigenada a cada rato”. Saliendo del campamento escuchamos una joven gritar y correr, el celular nos confirmó que la tierra había temblado. 

En Guánica también conocí a Abi, adulta mayor en perfecto estado de salud que acampaba con sus familiares y amigos fuera del “Tent city” de la Guardia Nacional en la Pista Atlética Heriberto Cruz. Hablamos por más de media hora y me contó con detalle cómo el movimiento del terremoto fue tan violento que atascó las puertas y apenas los dejó escapar antes de que la mitad de la casa colapsara. En su casa esa noche también estaban su hijo y su familia, “Fue la madrugada más larga de mi vida” me dijo Abi. Esperaron la luz del día para ir a verificar la casa de su hijo, terminada hace pocos meses por él mismo a un costo de $60,000. “Cuándo nos acercamos vimos la casa del frente totalmente derrumbada y me di cuenta que la de mi hijo no se veía, me quedé callada, pero yo sabía”, su hijo también perdió el hogar. Las preocupaciones de esta adulta mayor son muchas, su hermana perdió el negocio y el apartamento y su esposo de 80 años había perdido las llaves de auto en el campamento. 

También en Guánica, en el barrio La Luna visitamos a Rafael  un joven cuidador de su padre en silla de ruedas. Vive con él y la noche del terremoto le tomó pocos segundos transportarlo de la cama a la grúa y de la grúa a la silla de ruedas. Incrédula le pregunté cómo pudo lograrlo en segundos “la práctica, ya estoy acostumbrado a hacerlo” confesó con humildad. Lo que él no me dijo es que esa noche estaban de visita sus tías de 90 y 92 años respectivamente a quienes también tuvo que desalojar de la casa a la que no pueden regresar. Cada noche duermen en un auto compacto entre las casetas y demás pertenencias de sus familiares en el patio de la casa que mejor ha quedado.

Cuidadores y pacientea del la zona Sur hablan de sus experiencias ante los terremotos en Puerto Rico

En Guayanilla fuimos a la casa de la Dra. Enid Santos, la doctora que lleva días atendiendo gratis en un dispensario compuesto de carpas. Su casa y consultorio son inhabitables. Con una organización impresionante un joven recibía a cada persona con una sonrisa y los refería a media docena de voluntarios. Incluso había voluntarios ayudando a voluntarios como nosotros a identificar las personas con necesidad. Cuándo le explicamos la misión de curar heridas de ancianos encamados nos enviaron una lista con los números telefónicos de los cuidadores y sus necesidades. La segunda llamada que hicimos la contestó Milly y arrancamos para su casa.

El epicentro del terremoto

Cuando ví el nombre del barrio de Milly el corazón se me desplomó era el sector Indios, epicentro de uno de los terremotos. Con voz dulce y paciente Mily nos guió hasta su casa y nos recibió feliz en el balcón, “Ya los veo”. La estrecha calle era apenas el inicio de un poblado sector que a las 4:00 p.m. comenzaba los preparativos para pasar otra larga noche de sismos.

LLegamos casi de noche al campamento «Dios es Bueno» del Barrio Indios en Guayanilla

Mily cuida a dos adultas mayores, una de ellas su mamá que sufre fuertes dolores en su pierna derecha y cadera. En ese momento estaba muy adolorida y luego de que le curaran una herida en el sector lumbar le amainó el dolor y nos hizo los cuentos del terremoto “Cuando yo siento que va a temblar yo me agarro así de la silla”. Según Milly, su mamá es la primera que los siente avisando a la familia segundos antes de que se mueva la tierra. Esta fue otra foto de puro amor del equipo de enfermeros y su paciente.

La cuidadora nos indicó que barrio arriba había otra encamada y nos fuimos a pie a verla. Allí Mily fue recibida como de la familia, mientras adultos y niños se preparaban para cenar y dormir en casetas y catres. Subimos a ver la paciente encamada en un cuarto inmaculado, aislada del caos de los  temblores y terremotos. La anciana también tenía una herida en la zona lumbar y salí de la habitación para dar espacio a los profesionales de la salud. Desde la sala vi como seguían llegando familiares abrazándose y celebrando la vida como solo los hijos de esta tierra saben hacer. Las risas y chistes crearon ese ambiente de paz y seguridad que se siente cuando llega la familia y el adulto mayor se anima. Entonces cayó la noche sobre el campamento “Dios es Bueno”. Esa tarde no tembló en el Barrio Indios, Sector Lajas de Guayanilla.

Regresamos al campamento de la Dra. Enid Santos en Guayanilla a dejar los suministros restantes. Nos vuelve a recibir el voluntario sonriente, reciclando cientos de cajas que llegaron más temprano con donaciones. Tan cansado y servicial como él, quedaba un oficial de la policía que verificaba las necesidades para el próximo día. El uniformado escuchó de nuestra misión y se identificó como cuidador de su madre, de inmediato compartió la foto de su viejita, con el mismo orgullo que todos sentimos por Mi Gente Grande.