Glamaris Valentín Cameron migentegrande.com

Llegué a la oficina del fisiatra y me registré con el nombre incorrecto. Vivo tan acostumbrada a pedir servicios de salud para mami que pienso primero en el nombre de ella. Sin embargo,  el tiempo en la sala de espera fue relajante, esta vez no tenía que organizar decenas de dudas para consultar con el médico de mi adulto mayor: la cita era para mí, la cuidadora.

Cuando escuché mi nombre le respondí de inmediato al profesional de la salud que me interrogó sobre mis viajes y el COVID 19. Las preguntas me parecieron lejanas, ya nadie me pregunta dónde he estado o si tengo síntomas de fiebre o dolor de cuerpo.  Seguí al profesional de la salud y hasta un cuarto pequeño, me entregó  una toalla y me dijo “cúbrete y me avisas para comenzar la terapia”. Me quedé sola, un poco perdida y con una sensación de que algo no estaba bien. Regresó el profesional de la salud que se presentó como terapeuta físico y me explicó en detalle la terapia que aplicaría en mi espalda.  Entonces comprendí lo que estaba sucediendo y me dieron unas ganas inmensas de llorar. Había perdido la costumbre de cuidar mi salud.

El mono en la espalda

Yo siempre he acumulado la tensión en la espalda y hombros. Toda mi vida adulta ha transcurrido frente a una computadora. En mi trabajo lo describen con una expresión  genial “Ando con el mono trepao’” y la frase siempre se subraya con una palmadita detrás del cuello.  Mi carrera profesional ha estado acompañada de masajes, terapias físicas y visitas al fisiatra y al quiropráctico. Sin darme cuenta esta rutina cambió cuando mi padre enfermó, y mi madre pasó a cuidar de él las 24 horas del día. Mi trabajo y la salud de mi espalda quedaron en un segundo plano.  Ahora solo me podía concentrar en darle a ambos salud y calidad de vida. Mientras me acercaba al mundo del cuidador, me alejaba de mi propia salud.

Una extraña en la sala de terapias

Aún confundida, y con los ojos húmedos de lágrimas,  me tomé una foto con en la salita de las terapias (bueno, más bien fue un “selfie”).  Pensé en publicar la foto en las redes sociales de Mi Gente Grande (El portal de internet con información para cuidadores en el que trabajo). Miré la foto y no me reconocía. “Ésa no soy yo”, pensaba mientras mis músculos de la espalda se sentían súper tensos.  Se acabó, guardé el teléfono. No pude compartir la foto, no sabía que escribir. ¡Cómo iba a pedirle a mis seguidores que protegieran su salud si yo llevaba cinco años sin cuidar de los músculos que sostienen mi cabeza!

Una semana estuvo la foto sin publicar. La miré un par de veces con el mismo sentimiento de confusión. El dolor de espalda aumentó, en lugar de desaparecer. Finalmente,  me rendí, el dolor de espalda ganó. Tengo que cuidar de mi salud con muchísimo más de lo que lo hago ahora, no puedo ser una extraña en la sala del médico.

 Mucho más que quemazón

 Los expertos le llaman el síndrome de quemazón al agotamiento físico y mental producido por cuidar a otra persona. Los que sufren de quemazón del cuidador pueden presentar síntomas como llanto, falta de energía o sueño. Además, tendemos a aislarnos de los demás o sentir coraje y emociones fuertes como frustración, ansiedad, irritabilidad y tristeza.  Desde mi experiencia les comparto que no todos experimentamos los mismos síntomas. Con solo sospechar que algo no anda bien, es suficiente. Buscar, aceptar y exigir ayuda es obligatorio para el cuidador informal. Ése familiar que vela por la salud de sus padres ancianos, cónyuge, hermanos o hijos discapacitados siempre olvida que necesita cuidarse. Yo lo acabo de recordar.

 La autora es periodista, productora de televisión y editora de la página de Internet migentegrande.com que ofrece consejos para los familiares y cuidadores de adultos mayores en Puerto Rico. Además, construye un directorio digital de servicios de salud y calidad de vida para nuestros ancianos. Busca más información  en Facebook y YouTube como Mi Gente Grande y sé parte de esta comunidad de cuidadores. Para más información escribe  a info@migentegrande.com.